image· El veterano practicante y juez de paz busca que los jóvenes saquen provecho

· La alcaldesa lo ve como un arquetipo de “buena persona” y “mediador de paz

‘Relatos de una vida: Cesáreo Mora Gaona’ es el título de un libro que deja testimonio de un rabanero con mayúsculas, un paisano que sigue siendo el ejemplo de persona de bien, de humanidad y de solidaridad, que siempre se ha significado con los demás en su querida Argamasilla de Calatrava.

Esta biografía autoeditada recoge la andadura vital de un hombre íntegro, que vino al mundo en 1932 en el seno de una familia humilde dedicada al campo, que se hizo a sí mismo y que nunca dudó en ayudar a otros vecinos en todo tiempo, más allá incluso de las penurias heredadas de la contienda civil.

El volumen, de 271 páginas, no está a la venta. Es un tributo en el seno familiar, aunque eso no va a impedir a ningún otro ciudadano consultar la minuciosa semblanza de este ser humano tan cabal que, al margen de su práctica profesional, ha ejercido de juez de paz a lo largo de medio siglo.

Varios ejemplares han sido donados a la Biblioteca Pública ‘Medrano’, de manera que se pueden retirar temporalmente para ilustrarse y tomar ejemplo de alguien que encarna los mejores valores humanos, en un momento en que parecen ahogarse ante tanta marea tecnológica como es hoy habitual. Una de las personas que ya cuenta con la posibilidad de desmenuzar pormenorizadamente esta andadura, es la propia alcaldesa.

Jacinta Monroy compartía fechas atrás una agradabilísima tarde en el hogar de Cesáreo, en la confluencia de las calles Pinto y Heliodoro Peñasco. Allí, perfectamente vestido con traje y corbata, impoluto, de gesto sencillo y amabilidad personificada, Cruz de San Raimundo de Peñafort en la solapa y esas gafas menudas con que sigue asomándose al mundo, contó a la regidora algunos de los hitos de su vida.

Retirado de la escuela con 11 años de edad

A sus 85 años hace gala de una memoria cómplice. Posiblemente porque de siempre le gustó estudiar. Cuando su padre hubo de retirarlo de la escuela, con solo 11 años, para ayudarle en una huerta que se conocía desde los 6 años, no dudaba en dedicar su tiempo libre para leer libros y otras publicaciones; tampoco dudó en asistir a clases nocturnas.

Felipe Gaona fue su maestro en esa primera etapa en la que hubo de compaginaba sus obligaciones en el campo con el estudio al finalizar la jornada. Sería con Eulalio Ramiro León, su profesor de enseñanzas medias, con quien recibiría el espaldarazo definitivo a lo que luego sería Cesáreo toda su vida. Este docente estaba tan firmemente convencido de las posibilidades de tan esmerado estudiante que no dudó en decir a sus padres que le pagaran las clases conforme pudieran. De hecho, gracias a este mecenas de la enseñanza, pudo hacer Bachiller por libre en el ‘Fray Andrés’ de Puertollano, entre las ocho de la tarde y las diez de la noche. Y recuerda con nostalgia Cesáreo aquella época en la que debía alumbrar su trasiego en bicicleta con una simple ‘carburilla’.

La década de los años 40 del pasado siglo estaban en su ecuador cuando, a pie, él y su mentor caminaron hasta Ciudad Real para presentarse a un examen que ciertamente le abría la puerta a esa carrera que le garantizaría su futuro ya de por vida. Le recomendó una carrera cortita y con posibilidades. Él optó finalmente por ser practicante, lo que hoy se engloba en las labores de Enfermería.

Antaño el sistema educativo de grado era eminentemente práctico y por eso se puso pronto a disposición de Pascual Crespo, que era director del Hospital capitalino y responsable de Medicina Interna. Durante un par de años estuvo atendiendo las 60 camas que allí había junto a dos cirujanos. En concreto, Cesáreo realizó sus prácticas con Ricardo Chamorro a la par que estudiaba por libre la carrera.

Y finalmente acudió a la Facultad en Madrid, al poco de abrirse la flamante Universidad Complutense, para solicitar hacer el examen de Medicina que luego realizaría en el Hospital de San Carlos y que superó también después de tantos años de entrega.

Tras colegiarse, empezó a trabajar como practicante en Argamasilla de Calatrava, atendiendo más de 205 partos y cobrando la tarifa correspondiente a quien la podía pagar y menos, o incluso nada, a quien requería de sus servicios pero no tenía medios para costearlos en su integridad. Su habilidad en el oficio hizo que su médico, Juan Rodríguez, le ofreciera trabajar en su clínica, un lugar que estaba a la última en lo que a medios de la época se refiere: rayos x, lámpara de cuarzo, onda corta, ultrasonidos,…

Precursor de los historiales médicos actuales

Junto a él se ocupó de las 1.200 cartillas de la asistencia sanitaria pública de las que se ocupaba este médico, uno de los dos con que oficialmente contaba Argamasilla de Calatrava en aquellos años. El veterano practicante recuerda con satisfacción que en aquella época fue precursor de los actuales historiales médicos.

Por entonces no había protocolos para diagnosticar tal y como hoy se conocen. Siempre se exploraba al paciente. Con el fin de agilizar en visitas posteriores, Cesáreo vio interesante crear una especie de fichero por cada uno de los enfermos. Para ello numeraron todas las cartillas en el mismo orden de las fichas creadas, donde reflejaron las dolencias y tratamientos previos.

De Juan Rodríguez dice Cesáreo que aprendió muchísimo en sus catorce años de relación profesional. Terminaron a consecuencia del fulminante cáncer de pulmón que, como fumador empedernido, acabaría por padecer el facultativo. En aquella época no era nada raro ver con cigarrillos o puros a los médicos; él estuvo con varios, pero siempre detestó el humo.

Luego pasaría consulta con otros titulares de la plaza, compatibilizándolo siempre con su actividad privada. Todo ello hacía que tanta dedicación le ocupara prácticamente todo la jornada, de día pero también de noche. No descuidaba ninguna petición que le llegaba a su casa, fuera incluso en plena madrugada, tuvieran o no con qué pagarle.

La puesta en marcha en Puertollano del Hospital ‘Santa Bárbara’ en febrero de 1973 fue, en cierta manera, un alivio para él. De hecho pidió la excedencia en Argamasilla de Calatrava y en mayo ya empezó a probar durante tres meses en el servicio de Reanimación.

Aunque el médico de la época, José Luis Rodríguez Daimiel, le requirió para estar con él y accedió en función del turno en el centro hospitalario, no dejó tampoco de atender la media de treinta avisos que le llegaban. A diferencia de hoy con tanto material sanitario desechable, su labor requería de más tiempo entre otras cosas porque las jeringuillas, de cristal, y las agujas se reutilizaban; por eso habían de hervirse como método de esterilización. “Gracias a Dios, pude con todo”, rememora ahora no sin la satisfacción del deber bien hecho.

Por si fuera poco, unos años antes, en 1967, aceptó el ofrecimiento para que fuera el juez de paz de la población. “Siempre buscando unir antes que desunir y por eso, al final, convencía a las partes de ello”. Ejerció modélicamente una labor que, como dice Monroy Torrico, “intentando algo que ahora se lleva tanto de moda como es la mediación, pues él ha sido eso, mediador de paz durante más de 50 años, una labor callada pero de entrega diaria”.

Ahora, tras algo más de dos años en los que dar forma y documentar textual y gráficamente la obra todo lo posible, ahora toda esa andadura, cuajada de infinidad de anécdotas, queda compendiada en una obra para nada pretenciosa, antes al contrario.

“Hacer el bien a los demás”

Cesáreo refiere claramente cuál es el objetivo: “Quiero transmitir algo que yo siempre he pensado, hacer el bien a los demás; de manera que a través de alguno de esos relatos la juventud saque un buen provecho para que después sean personas, hombres y mujeres, buenas y convivir con todos los demás como se debe”.

La alcaldesa, en representación del Ayuntamiento y su Corporación, pero también “en la amistad que desde tantos años nos ha unido”, ve loable esta fórmula biográfica de reconocimiento y de sembrar con el ejemplo. “Efectivamente, había que enmarcar de esta manera una vida que es así, llena de trabajo, llena de entrega, llena de solidaridad”.

Jacinta dice que los valores que encarna este paisano “parecen novedosos, pero no lo son. Este hombre que era hijo de un agricultor y cuyo destino era ser agricultor, superó ese destino y fue un adelantado a su tiempo. Sin prácticamente medios con los que poder, se convirtió en un licenciado, en alguien con formación de practicante como antes se decía y reconocemos que en Argamasilla de Calatrava él siempre ha tenido una entrega especial”. Y es que es de todos conocido que Cesáreo “siempre que alguien ha venido a su casa, le ha abierto la puerta y lo ha atendido, haya sido la hora que haya sido, sin fijar horarios”.

Por todo lo relatado fundamentalmente es por lo que el Ayuntamiento le concedió el título de ‘Hijo Predilecto’ en diciembre de 2014, el mismo año que también le otorgó la Mención ‘Solidaridad’ su pueblo, al que ya tuvo el honor de pregonarle las fiestas diez años atrás. Con anterioridad ya le habían llovido otros reconocimientos profesionales, como la referida Cruz de San Raimundo de Peñafort, el 9 de julio de 1999; varias medallas de oro como la recibida el 18 de marzo de 2000 por parte del Colegio de Enfermería; distinciones de Laboratorios Norman; o Socio de Honor de la Asociación Española de Enfermería Urológica.

Incluso a pesar de este bagaje, “no podíamos dejar que esta trayectoria quedase plasmada en unas simples hojas sino que es necesario que también nuestros hijos y nietos conozcan esa faceta de persona entregada a los demás y qué mejor que este libro en donde quedará plasmado para siempre”, indicaba la regidora.

Por su parte, Cesáreo Mora Gaona expresaba por último, cargado de humilde gratitud, que “para mí no ha sido esfuerzo, para mí el pensar siempre en el trabajo, el pensar siempre en que ese trabajo que realizo va bien para los demás y si hay algún motivo por el cual pueda mejorar por alguna causa, tratar de hacerlo para que los demás obtengan ese beneficio que yo quiero que sea para todos”, concluye Cesáreo Mora Gaona.

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