Testigos de excepción de un proyecto que revolucionó la cultura local, el cine “Don Quijote”, revelan algunos de sus hitos y secretos.

·         La alcaldesa se reunió con ellas para conocer la trascendencia que tuvo en su época

·         Luz Morales reconoce que lloró cuando se supo del proyecto para rescatar la sala

El 8 de diciembre de 1960 fue (debió de serlo) todo un acontecimiento social el que vivió la Argamasilla de Calatrava de la época. Aquel día de la Purísima de hace casi 60 años se inauguraba el Cine ‘Don Quijote’, una sala para el disfrute del séptimo arte equipada con todos los equipamientos de entonces y que fue el sueño hecho realidad de un rabanero.

Tiburcio Rubio Gómez siempre tuvo el empeño de hacer un cine y, tras convencer a sus padres de levantarlo en la céntrica propiedad familiar que había venido funcionando como posada, cuando ya no servía a tal fin, en 1959 comenzaron las obras con la demolición de viejo edificio de la hoy Plaza del Ayuntamiento.

Fallecido hace 23 años, la viuda de Tiburcio, Luz Morales Fernández, conocía a la par que el resto de ciudadanos de la población, hace apenas cuatro meses, la intención decidida del Ayuntamiento de adquirir a sus actuales propietarios el emblemático local, para recuperar esas ilusiones que proyecta el celuloide y potenciar la actividad cultural.

Así se lo ha hecho saber esta semana a la alcaldesa la propia Luz, durante un agradable encuentro en el que estuvo acompañada por sus otras nueras, esposas de los hermanos de Tiburcio y quienes se mostraron también muy contentas de poder esbozar parte de la historia y trayectoria de un proyecto que involucró a varias familias.

“Es algo emotivo, emocionante, porque ellas atesoran gran parte del recuerdo común de varias generaciones de rabaneros y nos están contando con sus fotografías, con sus vivencias, incluso por escrito, todo lo que supuso realizar esta obra en la antigua posada de Raimundo, que yo misma ni conocía que existía y donde se fragua este cine”.

Son palabras de Jacinta Monroy, quien adelanta que el Ayuntamiento acaba de solicitar a la Diputación de Ciudad Real la cuantía que ha reservado la institución provincial para proceder cuanto antes a la compra efectiva de este espacio que tres alturas (planta baja y dos pisos) y 900 metros cuadrados, en clausura desde hace un cuarto de siglo.

Paralelamente, refería Monroy Torrico, “queremos ir elaborando un pequeño dossier que recoja la historia del Cine ‘Don Quijote”, añadiendo que este recinto ha de contribuir a “nuevas sinergias culturales” al calor de otros hitos que se originaron en este lugar en su época de esplendor, como grupos de teatro o el legendario Grupo Joven, “con lo cual estamos recuperando unos orígenes de democracia y de cultura”.

“Más allá de la apuesta arquitectónica es una apuesta por nuestra historia, nuestra cultura, nuestro teatro, nuestro cine y por eso queremos fijar esas bases de cara a un futuro sólido en estas materias”, enfatizaba la regidora.

Ilusiones, desvelos y novedades de la época

Esta sala de cine, que tenía sesiones diarias, de fin de semana y dobles en algunas ocasiones, fue concebido como “un proyecto ambicioso”, decía Luz, de manera que “llevarlo a cabo supuso sacrificios y desvelos”, entre ellos poder conseguir un pequeño espacio a añadir de la propiedad colindante que era necesaria.

La construcción, además, fue pionera en la zona, trabajándose con estructuras de hierro forjado y hormigón, algo imprescindible para poder sostener con todas las garantías el anfiteatro que se sigue elevando sobre el patio de butacas del local. La viuda del ‘alma máter’ del proyecto reconoce el mucho empeño que pusieron también el arquitecto, el aparejador y el albañil: “sabían que esta obra tan innovadora les aportaría buena fama”.

Interiormente, a la sala no le faltaba detalles. Paredes forradas con paneles acústicos, para obtener una mejor calidad del sonido; calefacción con aire acondicionado, que para la época era algo muy novedoso y cuyo equipamiento se trajo de Santander; e incluso, entre otros detalles, butacas de terciopelo rojo “que daba un ambiente muy acogedor”.

‘De los Apeninos a los Andes’, película apta para todos los públicos, algo muy a tener en cuenta si se no se olvida que por entonces “la censura era muy rigurosa”, fue la primera proyección que iluminó en la oscuridad la sala por vez primera. Los operadores de cabina eran Marcelo Moya, Roberto Juárez y Rafael Bustos, que aún vive.

El lugar era tan versátil que hasta “el escenario reunía todas las condiciones para albergar obras de teatro”, de manera que también pasaron por este teatro “personajes muy famosos como Raphael o Manolo Escobar y sus hermanos”, entre otros muchos artistas de relieve en aquellas décadas.

La organización del trabajo estaba bien atribuida. Además de quienes se ocupaban de la proyección, era el propio Tiburcio el que se ocupaba de traer lo más novedoso de la cartelera, con estrenos de primer nivel para lo cual, en ocasiones, debía desplazarse a Toledo para recoger de inmediato los royos. Luz y su padre, llevaban el tema económico y se ocupaban de las taquilla y recaudación. 3 o 5 pesetas era el precio habitual al inicio.

Estos y otros recuerdos contribuyen a retomar con gran ilusión el proyecto de recuperación que tiene el actual Consistorio rabanero. Luz aseguraba que, cuando conoció de estas buenas nuevas, “Lloré de felicidad”, en particular por el empeño y mimo de su marido que siempre tuvo hacia este lugar de referencia para tantas generaciones de paisanos.